LOS ARBOLES

    Los árboles son esos seres vivos que nos dan sombra, frutos, oxígeno, madera, leña, cobijo, protección del suelo, mejora de la calidad de las aguas…, todo ello sin pedir nada a cambio. A todo esto, el hombre le corresponde con poco agradecimiento, y si es posible le devolvemos importantes daños que somos capaces de ocasionarle. No les protegemos debidamente contra los incendios forestales, y debido a ello, en los últimos treinta años, nos hemos permitido el dispendio de dejar que sean arrasados por el fuego más de 1.500 millones de unidades, sin que se levante ni una sola voz en su defensa, reclamando responsabilidades a las administraciones encargadas de su gestión, pues disponen de dinero y medios suficientes para atender estas obligaciones, con una eficacia más acorde con los presupuestos asignados. Si no fuera porque confiamos en que esta escandalosa situación se tendrá que corregir, más pronto que tarde, nos veríamos obligados a decir aquello de “que paren este tren, que no nos lleva a ninguna parte, porque nos queremos apear”.

En otros casos, cuando queremos plantar los árboles para combatir la dureza visual del hormigón y el asfalto de las ciudades, nos olvidamos que son seres vivos, y los maltratamos plantándolos en situaciones extremas, sin tener en cuenta que la luz del sol, necesaria para ejercer su función principal, la clorofílica, la que nos enseñaron en el colegio que tomaba el veneno del aire, el CO2, y trasformaba el carbono en madera y desprendía el oxigeno purificando al aire que respiramos, le diera a lo largo del día desde los cuatro puntos cardinales. Esto tan simple de tener en cuenta se obvia, plantando a los árboles próximos a las edificaciones, que con su sombra, durante muchas horas del día, obliga a su tronco, inclinándose, a conducir las terminales de sus ramas a buscar la luz, consiguiendo con ello la pérdida de su verticalidad, y su total deformidad como individuo. Esta deformidad es fácilmente visible en todas las calles cuyo eje es Norte-Sur, con edificios de seis o más plantas, dando lugar a generar un porte excesivamente inclinado, sacando al árbol de la línea vertical de su geotropismo natural, y facilitando su deformidad el ataque de plagas y enfermedades. Parece inaudito que esto suceda, cuando tanta sensibilidad hay hacia otros seres vivos, y tan poca hacia los árboles que no gozan de la posibilidad de moverse, por lo que si se dice que amamos a los árboles, debemos ser responsables de plantarlos solo donde puedan vegetar adecuadamente. Presumimos de llenar nuestras ciudades de árboles, y nada nos importa las pésimas condiciones de vida a las que les sometemos.

Por otro lado, está próxima la Navidad, la fiesta más característica de todos los cristianos, pues en ella se celebra el nacimiento del Hijo de Dios, en cuya venida al mundo se basa toda esta doctrina. El elemento elegido por los cristianos del centro y norte de Europa, para celebrar el nacimiento de Cristo, es el Árbol de Navidad. Esta costumbre se estableció a partir del siglo VIII, cuando comenzó la conversión al cristianismo de los pueblos que habitaban estas zonas de Europa. El árbol debe ser de hoja perenne, como símbolo de la vida, y sobre el se colgaban manzanas, recordando el pecado original, y velas que indicaban la luz de Jesucristo. Las primeras, con el tiempo, se han sustituido por las clásicas bolas, y las velas por las luces.

Árboles de Navidad artificiales de todos los colores.

Como los árboles de hoja perenne, de porte más bello, en esas latitudes, son los abetos y las piceas, estos fueron los elegidos para cumplir esta misión, y ambas especies han llegado hasta nuestro días. Pero para una vez que es elegido un árbol vivo para una función de tan alto significado, resulta que por no se sabe qué tipo de intereses, se empezó a condenar el empleo de un árbol natural, y se acabó por montar una gran industria de fabricación de árboles de plástico que inundan nuestros hogares, alegando que así protegemos a la Naturaleza. Vamos que nos da igual todo el simbolismo, y un horrible árbol de plástico, que no solo encontramos en los “chinos”, sino también en prestigiosos grandes almacenes, hacemos el milagro de convertirle en un árbol vivo. Así con esta falsa protección, nos hemos cargado la producción de viveros productores de plantas, de árboles vivos, como árboles de Navidad, y dar salida comercial a todas las plantas procedentes de entresacas de los montes naturales.

Este fenómeno de sustitución raya en la paranoia, pues conseguimos, vendiendo la idea de proteger la Naturaleza, inundarla de material no degradable, como es el plástico, y restar mercado a nuestros viveristas. Entiendo que haya gente que compre flores de plástico, pero que no lo justifique diciendo, que la compra de flor cortada va contra la conservación de la Naturaleza. Es alucinante que este tipo de mensaje, propio del ecologismo formado por fascículos, haya sido apoyado por todas las terminales mediáticas del mundo, y se haya acogido hasta el punto de cambiar el símbolo de la celebración de la Navidad, que es un árbol vivo, por uno de plástico. Podemos decir que, en un momento determinado, nos vendieron gato por liebre, y nos siguen diciendo que el gato sigue siendo una liebre.

Debemos denunciar este engaño y, en las fiestas que se avecinan, si queremos seguir la tradición de colocar un Árbol de Navidad en nuestra casa, comprar un bello abeto o una picea, con buen cepellón, para su trasplante cuando pasen las fiestas, y olvidarnos de los árboles muertos, pues no hay que confundir el día de los difuntos con el día del nacimiento de Jesucristo.

En cuanto el amor a los árboles, habría que recuperar, coincidiendo con el día de llegada de la Primavera, la Fiesta del Árbol, como hacen en muchos pueblos de Europa, y celebrar la fiesta plantando un árbol, si no por habitante, por familia. Aquí estuvo establecida y desapareció, y no nos vendría nada mal acostarnos ese día, después de haber aumentado nuestro número de árboles, en algún millón de unidades más. No es mucho, en comparación con los que perdemos por los incendios forestales, o los que plantamos en las ciudades en lugares inadecuados, para que vegeten según sus exigencias naturales, pero no deja de ser una digna intención de demostrar que nos preocupan las vicisitudes por las que están pasando.