CUENTO DE NAVIDAD

    Estaba la tarde fría, como todas las que preceden a la semana anterior a la llegada del invierno. Las hojas doradas y marcescentes de los rebollos de la umbría, se presentaban rodeadas de una fina capa de hielo, como envueltas en papel celofán, y las hojas y las bolas de un acebo que vegetaba junto a un regato, brillaban reflejando sobre su tersa superficie, los últimos rayos del sol, que se ocultaba antes de empezar a anochecer. Estos pocos árboles aislados en el paisaje, eran los restos que no habían sido arrasados por el fuego, en el incendio del mes de agosto, que al saltar de la solana a la umbría, había frenado su velocidad de propagación, y los componentes de una Brigada lograron controlarlo y extinguirlo.

Cuento de Navidad

La noche se echó encima con toda rapidez, como sucede en estos días, que son los más cortos del año, y abajo, en el valle, las casas del pueblo empezaban a recortar su silueta marcada por las luces de sus farolas exteriores y las que se filtraban por sus ventanas, de sus lámparas interiores. Por sus chimeneas salía el humo blanco denso de las retamas, sobre las que se apoyaban las ramas más gruesas de la encinas y los rebollos, que formarían unas buenas brasas, para calentar la estancia hasta la media noche, y sobre ellas montar la tertulia familiar asando unas castañas y partiendo unas nueces de los dos nogales que plantó en el huerto el bisabuelo. La llegada de la noche se anunciaba con el sonido de las esquilas del rebaño vecinal, que abandonaba los pastos del común y se refugiaba en los corrales de cada uno de los vecinos, pues los lobos, últimamente, se habían dejado notar. No faltaba, como todos los días, el canto de la coruja, que anunciaba la llegada de la hora de las brujas, y la algarabía de las gallinas al aposentarse en sus dormideros del corral, para pasar la noche, hasta el amanecer.

Parecía que todo respondía a la rutina de siempre, pero no era así. Había trascurrido muy poco tiempo, solo cuatro meses, desde que el Pinar de la Dehesa, había sido arrasado por el maldito fuego, y de los recursos que el producía, se mantenía la economía rural de todos los vecinos. La trasformación de la madera de sus aprovechamientos anuales, mantenía una pequeña industria artesanal, muy demandada, de muebles rústicos. Este otoño lluvioso, que ha sido un buen año de níscalos y setas, no ha venido nadie a las dos fondas existentes, y cuando llegue el verano, tampoco vendrá nadie a mitigar el calor de la ciudad, pasando el día a la sombra de los árboles centenarios que han desaparecido. Tampoco se podrá cazar y vender la práctica del ejercicio de la caza a los “urbanitas”, ni hacer recorridos de fauna o mantener rutas de senderismo, sobre un territorio que ha quedado calcinado, y que lo más que se podrá conseguir es que retamas, jaras, brezos……. y otro matorral invasor, ocupe el suelo en los próximos años, y es que, como se suele decir, si se pierden los árboles se pierde la vida. No será posible nunca vender sus piñas, de las que se obtenían los mejores piñones de la comarca.

Casi todo se ha convertido en un problema para los habitantes de este pequeño núcleo rural, que vivía en perfecto equilibrio con la Naturaleza, no sustrayéndola más de aquello que podría hacerla caer en la insostenibilidad, y a los que ninguna institución les ha reconocido nunca esta cualidad, ni directa, pagándoles un tributo, ni de forma indirecta, eximiéndoles de determinados impuestos.

A pesar de todo, haciendo de tripas corazón, el pueblo sigue con sus tradiciones, y observo que el párroco del pueblo, haciendo sonar las campanas, ha llamado a todo el pueblo, abuelos, padres e hijos, para ensayar en la iglesia los villancicos para la Misa del Gallo, con la novedad que uno de ellos tiene la letra en latín, y es necesario dedicarle más tiempo para hacerlo inteligible. Después de la misa, nadie renunciará a ir de casa en casa a pedir el aguinaldo, aunque este año no haya dinero para invitar a una copa de CALISAY o LICOR 43, y habrá que contentarse con un trago de vino de pitarra, un poco dulzón y cabezón.

Al llegar al límite del pueblo con el campo, junto a las eras, entre dos luces, un pequeño bando de perdices me sorprende levantando el vuelo, y me hizo ilusionarme con que alguna de ellas, si soy capaz de cazarla, me podrá alegrar la cena de Nochebuena, más que nada por aquello de que “fuimos felices y comimos perdices”.

De pronto sonó el despertador y me di cuenta que todo había sido una pesadilla. Abrí la cortina del dormitorio y, desde mi ventana, descubrí que en el Pinar de la Dehesa los árboles padre seguían manteniendo su silueta sobre el resto de la masa arbolada; que se veían sus piñas en las terminales de sus ramas; que se oía a lo lejos el ruido de una moto sierra de los obreros, que estaban realizando tratamientos preventivos contra incendios. Además, debajo de la ventana, mi vecino me daba los buenos días mostrándome una pequeña cesta llena de “boletus”. Parece que todo se ha salvado, bueno todo no, pues lo único bueno de la pesadilla era el bando de perdices autóctonas, que desgraciadamente no es fácil encontrar, pues su presencia casi ha desaparecido del medio natural, desde que se crían en cautividad especies menos exigentes en relación con el medio. No obstante, mientras que la Administración pase de estos temas, nos tendremos que conformar, si la crisis no lo impide, con preparar un buen capón de Villalba, y si esta agobia, nos conformaremos con tirar de la olla de la matanza.