EL LOBO LLEGA A MADRID

  

    Hace unos días leía en un periódico esta noticia, y en principio, por estar próximo el adviento, y con este tiempo las fiestas de Navidad, creí que se trataba del típico anuncio de turrón. Pero no era así pues, para mi gran alegría, no se trataba de un anuncio navideño, sino que habían sido localizados una manada de auténticos Canis lupus, dentro de la sierra madrileña, ocupando parte de este territorio, que esperemos que lo consoliden como propio en lo sucesivo.

    Para mí que nací y viví los años de juventud en un pueblo plenamente integrado en los Montes de Toledo, donde aprendí el noble deporte de la caza, al lado de grandes hombres conocedores de la Naturaleza, que practicaban el arte cinegético como oficio, dentro de los límites de lo que hoy se llama aprovechamiento sostenible, pues sin esta técnica todo quedaba en “pan para hoy y hambre para mañana”, el lobo siempre fue un mito, al que por su dificultad en encontrarme con él, llegué a deducir que había desaparecido de estos montes, como así era, en los años cincuenta del siglo pasado. Pues ni en la época de celo, entre enero y marzo, temporada en la que bajan más la guardia todos los mamíferos, era imposible encontrarle.

  Imagen de la película “Entre lobos”.

    Pasada mi época de juventud, en la que me enseñaron a reconocer e imitar los sonidos de todas las especies cinegéticas, ya fuera la berrea del ciervo, la ronca del gamo, la ladra y el pitido del corzo, la chilla del conejo…., como sistemas de acercamiento a las mismas, para su captura o caza, jamás me enseñaron a emitir el sonido adecuado para acercarme a los lobos, por lo que deduje que el encuentro en su territorio con el hombre, solo podía ser debido al no haber alcanzado aquel la madurez, o haber perdido, por la vejez, parte de alguno de sus sentidos, vista , oído, y olfato, que le permitían siempre anticiparse para taparse de la vista del hombre. A pesar de no rendirme en la búsqueda del lobo en los Montes de Toledo, y este afán no perderle hasta el inicio de la década de los años sesenta del siglo pasado, mi búsqueda resulto infructuosa.

  Monte Riocamba

    Terminados mis estudios, mi primer trabajo como ingeniero de montes fue, como ingeniero contratado por el desaparecido Patrimonio Forestal del Estado, con destino en la 8ª División Hidrológico Forestal del Duero, en Valladolid. En mi primera entrevista con el que iba a ser mi jefe directo, Juan Jesús Molina Rodriguez, que lo era de la División citada, además de descubrir en él a un gran humanista, me hizo llegar la gran preocupación que sentía por la posible desaparición de una población residual de lobos, que existía en un monte del Estado, hoy de la Junta de Castilla y León, llamado Riocamba, por lo que esta preocupación se la trasmitía a todo el personal de su equipo, para que sus distintos trabajos, bien por ejercer acoso o persecución sobre los mismos, no contribuyesen a poner en peligro su desaparición.

  Juan Jesús Molina Rodriguez

    El monte Riocamba, situado en la zona Noreste de la provincia de León, limitando con la de Palencia, de poco más de 2.700 hectáreas, fue comprado en el mes de Febrero de 1944 por el Patrimonio Forestal del Estado, al ejercer el derecho de tanteo y retracto, en el período reglamentario, después de un acto de compra-venta entre particulares. En el año de su compra, el ingeniero de Montes Don Juan Jesús Molina Rodriguez redacta la Memoria de Reconocimiento del citado monte, y a finales de ese año, el mismo ingeniero redacta el primer Proyecto de Repoblación. Lo anterior quiere decir que, si los trabajos de repoblación terminaron en 1962 y mi llegada se produjo en 1966, los lobos se habían asentado definitivamente en Riocamba, sin que los trabajos de repoblación hubieran alterado sus poblaciones, de modo que a medida que la masa implantada se fue desarrollando, esta contribuyó a cobijar a una fauna más rica. Como así fue, pues todo el tiempo que me costó en mi juventud, sin conseguirlo, encontrarme con los lobos en los Montes de Toledo, aquí lo conseguía con mucha facilidad, nada más cruzar con el Land-Rover por distintas zonas del monte donde estaban aquerenciados.

    En los años sesenta, sucedió algo similar en la Sierra de la Culebra, provincia de Zamora, otro refugio de los últimos lobos que quedaban en Castilla y León, y que los trabajos de repoblación, con ausencia de cualquier interferencia sobre los mismos, también propiciada por Juan Jesus Molina Rodriguez, dieron su fruto. En este caso el aumento de las poblaciones fue tan espectacular que, antes de que terminara el pasado siglo, se consideró normal autorizar su caza, por lo que el lobo pasó de especie protegida a especie cinegética.

 

    Parece evidente, no sé si alguien se atreverá a discutirlo, que con la protección activa del lobo en estas dos zonas, se crearon unos refugios de la especie, jamás manipulados, desde los que ya no cabían en los distintos territorios, tenían que salir a ocupar otras sierras limítrofes. Así, a medida que aumentaban sus poblaciones, actuaron como colonizadores de otros alejados territorios, por lo que no parece aventurado que estos que han llegado a la sierra de Madrid, procedan de una de estas dos zonas.

    Pero para culminar la protección de los lobos, tanto en Riocamba como en la Sierra de la Culebra, también propiciado por Juan Jesús Molina Rodriguez, se llevó a cabo la reintroducción de los ciervos, que habían desaparecido en ambos territorios, para que la caza de estos grandes ungulados, volvieran a ser depredados por las manadas de lobos, como base de su alimentación. La reintroducción fue un éxito, pues los ciervos cumplieron este cometido, y además, los venados de estas zonas se hicieron famosos entre los cazadores, por su abundancia y la calidad de sus trofeos.

 

    Es una pena que, mientras en la década de los setenta y ochenta, se hicieron famosos personajes y distintas asociaciones que surgieron con fuerza en defensa del lobo, ninguno de los cuales lo llevó a efecto sobre el territorio, pues conocí a casi todos, por haber sido nombrado por el recién creado ICONA, como responsable, junto con mi equipo de guardas, para el suministro de ejemplares de todas las especies vivas, de nuestro arco cinegético, para apoyar el rodaje de películas de naturaleza, hayan pasado más de 50 años, y ningún organismo o asociación, de las que se adjudican así mismo el apellido de conservadores de la Naturaleza, se hayan dignado dar un pequeño homenaje de reconocimiento al ingeniero Juan Jesús Molina Rodriguez, por su humilde labor, en silencio, en defensa de los lobos, en tiempos en el que el olvido de los mismos, hubiera supuesto su total desaparición. Por cierto, en la mayoría de aquellas películas de naturaleza, dirigidas a formar a los “urbanitas”, nunca a los habitantes de nuestro medio rural, se daba la máxima del cine de que “cualquier parecido con la realidad era mera coincidencia”.

    Estamos a tiempo, pues Juan Jesús Molina Rodriguez goza de buena salud a sus 97 años, para que la administración, del Estado o Autonómica, alguna asociación o fundación que diga defender la Naturaleza, o algún colegio profesional, decida dar a conocer a la sociedad, en su presencia, la deuda de agradecimiento que tienen con este ingeniero, que él nunca, en su humildad, se encargó de reclamar.

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