LAS CASTAÑAS

    Cuando empieza a caer de forma rápida el frio con la puesta del sol, fenómeno climatológico que comienza a darse cuando el otoño entra en su fase media, es decir alrededor de la festividad de todos los Santos, en muchas esquinas de las ciudades aparecen, junto a una gran estufa de carbón abierta, las castañeras, que a cambio de unas monedas nos venden un cucurucho, casi siempre de papel de periódico, lleno de castañas asadas. No se cual es el secreto de que el cucurucho sea de papel de periódico, pero me imagino que es debido a que es el que, además de el bajo coste de su reutilización, mejor trasmite el calor de las ardientes castañas, sin llegar a quemar nuestras manos.

    Las castañas son frutos del otoño, como el resto de los frutos de esta estación, las avellanas, las nueces, las bellotas o las almendras, que están cargados de energía, y que por su gran contenido en hidratos de carbono, son muy indicados para matar el hambre, aunque sea uno de los frutos secos de los menos calóricos, por su bajo contenido en grasas y por la gran cantidad de agua que posee, por lo que se puede consumir, por aquellos a los que les importe mantener el tipo, sin temor a engordar, y debido a su contenido en potasio, para combatir la hipertensión.

    Si entramos en las recomendaciones de animarnos a consumir castañas, por sus múltiples cualidades medicinales, nos sorprenderán la cantidad de aplicaciones que se le atribuyen, hasta el punto de poderlas considerar como una verdadera panacea, tanto por el consumo en crudo del fruto, como por beber la infusión de sus hojas secas. Con ello se puede combatir el estrés, la depresión, la neumonía, la anemia, las varices, el desgaste físico, la tos, la diarrea, la tosferina y la próstata, entre otras utilidades. Para los golosos, siempre que cuenten con un poder adquisitivo alto, el dulce conocido como “marrón glasé”, que no son otra cosa que castañas recubiertas de yema y glaseadas, es un bocado cuya degustación es buscada por todos los “gourmet” del mundo, pues exige unas castañas de unas características especiales, que solo se encuentran en muy pocos castañares, entre los que se cuentan algunos gallegos.

    Los castaños, para algunos intransigentes ecologistas, aunque lo desconozcan, no son una especie autóctona española, pues fueron introducidos por el Imperio Romano para alimentar a la tropa y a los caballos, en sus campañas de conquista. No obstante, es un árbol mediterráneo septentrional, por lo que aquí, desde su procedencia, ya sea de Asia Menor o del Caúcaso, se encuentra como en su casa, y se distribuye por cuatro núcleos fundamentales Noroeste de Galicia, Zamora y León, con Asturias y Santander, Hasta Vasconla y Navarra; Cataluña en Barcelona y Gerona; Centro-Oeste, con los montes de la Peña de Francia, Gredos y Valle del Tietar; finalmente Andalucía, con las serranías de Aracena y Ronda, Sierra Nevada y Sierra Morena. Desde España, el castaño se introdujo en Madeira y las Canarias, y como árbol cultivado se plantó en la sierra de Benzú, en Ceuta.

    El castaño como otros árboles de su familia, entre los que se encuentran los robles y la hayas, es un árbol corpulento, con un porte majestuoso, capaz de sobrepasar los 35 metros de altura, manifestando una clara tendencia a formar bosques puros, densos y con escasas especies asociadas, pues la abundancia de taninos en su follaje, excluye el nacimiento de sus competidores. Su madera es de color claro, muy parecida, aunque más blanda, a la de los robles, y apreciada en carpintería y ebanistería, por lo que es muy normal encontrarla formando parte de muebles en anticuarios de las zonas donde son abundantes sus bosques, como en Galicia. Es una injusticia que el castaño no se halla empleado en España en jardinería, pues tiene un gran valor ornamental, sobre todo cuando está entero su porte, por la gran robustez de su tronco, la frondosidad de su copa y el color verde intenso de su follaje. La tierra del castañar puede emplearse como sustrato para el cultivo de plantas ácidas, como las hortensias y las azaleas, pues presenta las mismas características que la tierra de brezo para estos fines.

    Ahora, a mediados de otoño, es el mejor momento para caminar por un bosque de castaños, pues su follaje caduco presenta el más bello colorido del año, con un amarillo dorado que hace brillar sus hojas, entre los fondos verdes de la vegetación y el azul del cielo, que se deja ver entre los huecos que al caer han dejado las mismas. Cualquiera de las zonas de castañares que hemos mencionado, distribuidas por los cuatro puntos cardinales de España, son buenas para disfrutar de un paseo otoñal, y siempre habrá una próxima a nuestro lugar de residencia. Pero si alguien me pregunta cual es mi paseo otoñal preferido entre castaños, le diría que no hay otro similar ni parecido, como el que podemos realizar entre los milenarios castaños de las Médulas, en Ponferrada (León), con el fondo de las paredes de las simas rojizas que dejaron los romanos, después de extraer el oro de las entrañas de la tierra. Este paisaje está catalogado, por los especialistas en fotografía de todos los países, como uno de los que presentan el más bello colorido del mundo. Si completamos el recorrido, durante las horas del mediodía, entre los robles del Valle del Silencio, muy próximo a las Médulas, hasta Peñalba de Santiago, nos encontraremos con la joya de la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba, que fue construida en el siglo X. Es difícil, en un solo día, encontrar un espectáculo como el que nos presenta una Naturaleza, que ha cerrado sus cicatrices que se produjeron hace 2000 años, y una pequeña trama urbana, totalmente adaptada al colorido pizarroso de su suelo, que se conserva igual que hace 1000 años. Si no hemos tenido bastante, al día siguiente nos podemos acercar, desde Ponferrada a la Ribera Sacra de Orense, y en el entorno del Parador de Santo Estevo, encontraremos los castañares mejor conservados de Galicia, con el Cañón del Sil a nuestros pies.

    ¡Buen viaje!

Información adicional