ECOLOGISMO Y POLITICA

    Después de conocer la sentencia del PRESTIGE, nos encontramos ante una gran trampa, pues si decimos que la citada sentencia no ha condenado a nadie, y no nos lamentamos por ello, podemos ser considerados, con mucha razón, como carentes de sensibilidad ante los daños ecológicos que se produjeron. Por otro lado, si afirmamos que la Justicia considera ajustada a la legalidad la gestión de la crisis por el Gobierno, pues así se reconoce en la sentencia, la oposición al mismo puede considerarnos unos “amarillistas”, por no coincidir con ellos en el linchamiento que hacia él montaron, basados en unos vaticinios ecológicos que, como ha quedado demostrado, carecían del mínimo rigor científico y nadie ha pedido disculpas por ello. Parece estar claro que con esta falta de rigor no se pretendía aportar soluciones para reducir los daños a los distintos ecosistemas, sino de derribar a los gobiernos, central y autonómico, como si ellos fueran los causantes del vertido ocasionado por un petrolero, solo útil para chatarra, que circulando por aguas internacionales, se hubiera partido en dos.

    No sería necesario recordar que en los últimos grandes accidentes de vertidos similares, de petroleros o plataformas, como los del Exxon Valdez en Alaska; la plataforma BP en el golfo de México, estos últimos provocaron 11 muertos; o del Erika en Francia, nadie culpó de los vertidos a los gobiernos de los respectivos países donde se produjeron, sino a las empresas que fletaron estos barcos o que explotaban esta plataforma. Hacer lo contrario, como aquí ha sucedido, conduce a olvidarnos de reclamar los daños a quien verdaderamente los produjo, y tratar de adjudicarlos a quien se dedicó, el Gobierno en este caso, a paliar los efectos de la catástrofe. La batalla política ha sido el telón, que ha tapado la reclamación, a los causantes, de los daños producidos por los vertidos, y ahora, después de transcurridos diez años de los mismos, hay que recuperar el tiempo perdido, acudiendo, si es posible, a los tribunales internacionales competentes en esta materia, que mediante sus resoluciones consigan indemnizarnos de los daños y perjuicios que nos ocasionaron. Armadores, aseguradoras y países matriculadores de “chatarra”, se habrán reído de nosotros que no hemos sido capaces de separar la paja del grano, mientras ellos se han llevado la cosecha. Está visto que no hemos sabido priorizar los objetivos a favor del Estado, y a pesar del tiempo trascurrido, y de la sentencia exculpando al Gobierno, todavía hay quien pretende que la politización del accidente se prolongue hasta el infinito, no se sabe para beneficiar a quien, en vez de estar ya buscando a los responsables pecuniarios de esta catástrofe, para exigirles ante la Justicia la reparación que corresponda.

Antonio Imizcoz

    Si me lo permiten, me voy a tomar la libertad de contarles mi impresión, de lo que yo viví del desastre del PRESTIGE. Para cuando sucedió la catástrofe, yo era Director de Desarrollo Corporativo de TRAGSA, empresa que gestionó la crisis. Por mi profesión, no soy experto en las materias que, en un medio marino, se necesitaban para aminorar los daños, por lo que mi presencia en el día a día no era necesaria. Pero está claro que cuidar del buen nombre de la empresa, si era responsabilidad mía. Para nadie que siguiera el accidente, es una novedad decirle que al gran reto fue atender a los voluntarios que llegaban de todas parte de España, muchos de ellos sin avisar, y exigiendo que les condujeran a un sitio de actuación inmediata. Pues bien, uno de los fines de semana de mayor afluencia de voluntarios, lo dediqué a recorrer la zona afectada, y comprobé como todos los voluntarios que iban llegando se incorporaban a un tajo donde pudieran desarrollar sus trabajos de solidaridad, sin que a ninguno le faltara su equipo de protección y su dieta de mantenimiento. Toda ésta difícil tarea de acoplamiento y atención, no hubiera sido posible sin la acertada dirección del jefe del gabinete de prensa, Antonio Imizcoz, y el equipo por el organizado. Está claro que me sentí orgulloso de la actuación de mis subordinados, ante una tarea tan complicada de planificar, pues se desconocía el número fijo de voluntarios que acudiría cada día, por lo que considero necesario rendirles a ellos y a todos los que trabajaron para TRAGSA en esta catástrofe, mi homenaje de reconocimiento y admiración.

    Si hemos escarmentado de pedir responsabilidades ante futuras catástrofes, a terceros no causantes de las mismas, estaremos en el buen camino para no volver a caer en la trampa de determinados agoreros de la nada, que con sus vaticinios no cumplidos, nos han hecho perder el tiempo, sin que ellos lograran el poder político que pretendían, y el Estado, al que pertenecemos todos los españoles, haya perdido, de momento, las indemnizaciones que legalmente le corresponden.

    Hay que estar vigilantes, pues el ecologismo no descansa, y vemos como de una catástrofe reciente, como el tifón que acaba de afectar a las Filipinas, pretenden hacer responsable al cambio climático. Como si este otro invento, que científicamente se podrá materializar dentro de cien mil años, fuese la causa de los más de 10.000 muertos, pues no existe censo de la población, que viven poco menos que en chabolas, y con unas infraestructuras propias de la Edad de Piedra, incapaces de soportar un tifón extraordinario propio de esas latitudes. Pero es mejor asustar a la gente de buena voluntad, con catástrofes que vaticinan un grupo de profetas, sin ningún rigor científico, que están defendiendo su “estatus”, no precisamente modesto, que denunciar a gobiernos que no protegen a sus ciudadanos de los fenómenos naturales propios de su situación geográfica, que ponen en peligro sus vidas. Pero luchar contra el sistema no es fácil.

    Sería bueno que el ecologismo español, decidiera, como lo de otros países de nuestro entorno, entrar en política, y dejar de vivir, después de muchos años, de pingües subvenciones, que alguna vez tendremos que conocer y saber en que se invierten, además de en agitación y auto-propaganda. Ya está bien de cuestionar a los profesionales, todos ellos con las pertinentes titulaciones, encargados de gestionar nuestros distintos ecosistemas, y atreverse a que a través de los boletines oficiales nos digan cuales son los protocolos a seguir para llevar a cabo la gestión de sostenibilidad que ellos pretenden. Mientras tanto no tiene mucho sentido la crítica, sin con ella no se adquiere ningún compromiso. No más agitación como la montada por el hundimiento del PRESTIGE, si con ella se conduce a la división de esfuerzos, en lugar de a la consecución de beneficios para toda la comunidad.