LA SEQUIA

    En la mañana del pasado domingo, cuando empecé a leer los distintos periódicos en internet, algunos de ellos me sobrecogieron al leer uno de sus titulares, pues recogía que “la mayor sequía de los últimos 150 años amenazaba a España”. Me froté los ojos con fuerza por si seguía dormido, y volví a mirar la fecha del periódico, por si esta se correspondía con la de un mes de 30 años atrás, ya que mi memoria de los últimos 10 años los recordaba como años meteorológicos con precipitaciones medias normales, y en algunos casos, como lo que va de este año, por encima de la media. Después de una segunda frotada de ojos, volví a leer el titular y descubrí donde estaba la trampa, que no era otra que referirse solo al sureste español, fundamentalmente a las provincias de Valencia Alicante y Murcia, y en menor medida a parte de Albacete, este de Cuenca, Sur de Teruel, este de Jaen, Almería, Cadiz y Málaga. Leer esto me tranquilizó, pues toda la zona descrita, en su mayor parte se corresponde con el desierto meteorológico, que los forman los territorios en los que la evapotranspiración es mayor que las precipitaciones recibidas en la misma unidad de tiempo.

    Lo que ya no me cuadraba es que, periodistas y algunos que se dedican a la ciencia de la meteorología, desconozcan que en estos territorios su situación normal sea la sequía. Pero no por maldición divina, sino porque la circulación de los frentes nubosos que traen la mayor parte de las precipitaciones a la península ibérica, entran por el oeste, y cuando chocan con el sistema ibérico y la bética, caen por sus laderas orientadas a levante y al sur, después de haber descargado la precipitación, como vientos cálidos y secos. Y esto ha sido, es y seguirá siendo así, mientras nuestra situación orográfica se mantengan, es decir siempre.

    Para paliar esta situación, solo el hombre puede dar solución a esta sequía, aportando agua a estos territorios, bien aflorándolo de sus capas freáticas o mediante trasvases procedentes de otros territorios. La primera solución se viene practicando desde tiempo de los árabes, y la segunda se había dado en parte, desde la puesta en funcionamiento del llamado trasvase Tajo-Segura. Pero la definitiva era la recogida por el Plan Hidrológico Nacional, aprobado con el consenso de todos, que curiosamente, para que la gente nos entienda, consistía en construir un río artificial, que discurriera desde la desembocadura del Ebro, por esas zonas sometidas por la naturaleza a una sequía sistemática, que no aleatoria dependiente del clima, desde el que distribuir agua para vencer esta carencia fundamental para la vida, y para sostener unas poblaciones que han convertido estos territorios en los principales exportadores de frutas, verduras y hortalizas de toda Europa. Si volvemos a la solución definitiva, sería bueno recodar que una determinada clase política, por motivos más ideológicos que técnicos, además de para agradar a un nacionalismo excluyente, derogó este Plan Hidrológico, dotado económicamente por la Comunidad Económica Europea, y lo sustituyó por la construcción de desaladoras de agua del mar, que nunca entraran en funcionamiento por sus elevados costes de distribución, sobre todo las que pretendían el suministro de agua para regadíos, pues los costes que las justificaban no eran reales, y los verdaderos hacían insostenibles a los propios regadíos. Después de transcurridos más de doce años de esta tropelía, podíamos esperar que alguien se responsabilizara de la misma, igual que este reconocimiento alcanzara también a los que en su día ordenaron el parón nuclear, que se llevó por delante un montón de centrales nucleares a punto de ser inauguradas, y que hemos pagado los consumidores, no precisamente los contribuyentes, pues en este caso como defiende el socialismo, hubieran pagado má los que más tienen. Pero la tropelía del Plan Hidrológico, no solo no la pagó políticamente nadie, sino que algunos de los los políticos que la defendieron, así como la de sus asesores áulicos, fueron premiados con relevantes puestos, dotados de altas retribuciones económicas, en lugar de pasar al ostracismo, como hubiera sucedido en cualquier pais democrático. En lugar de lo anterior, y yo no creo en las casualidades, determinados formadores de opinión, pretenden que se olvide y se entierre la derogación del Plan Hidrológico, sin ni siquiera mencionar que esta era la única solución a lo que ahora con grandes titulares destacan. Da miedo pensar que mediáticamente se pueda intentar borrar algo tan reciente, que tanto daño ha hecho a este país.

    No sería bueno terminar hablando de la sequía en estas zonas, si nos olvidamos del ciclo del agua en la naturaleza, y la importancia fundamental que los montes arbolados juegan en el mismo, cuando estos han sido arrasados por los incendios forestales, en los últimos 30 años, en superficies no admisibles en los territorios que nos ocupan, de acuerdo con el elevado coste de las inversiones en los planes contra incendios forestales. Es necesario responder con una rápida repoblación de los montes arbolados quemados, y no esperar al tiempo necesario para su regeneración natural, si es que todavía queda suelo para que se pueda lograr. Hay que seguir el ejemplo de Sierra Espuña en Murcia, aunque estos trabajos se realizaran hace más de un siglo, y representen solo una pequeña parte de lo que se debería hacer, para conseguir moderar el clima y atraer la descarga de las precipitaciones. Todo lo demás, como proclamar la llegada de catástrofes conocidas sin poner los medios para paliarlas, es practicar un amarillismo político que a nada conduce, más allá de la demagogia.

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