DEL MAR Y LOS PECES

    Esta frase del titulo, cuando se pronuncia, es para decir a nuestro interlocutor que se deje de divagar, y que se centre en el tema sobre el que estamos hablando, para generar propuestas que puedan dar soluciones al mismo. Sin embargo, nuestro interlocutor, con poderes políticos suficientes para cambiar las cosas, siempre encuentra disculpas para divagar sobre los temas más variopintos, que no vienen al caso, pero con ello consigue distraer y esconder las propuestas de soluciones para resolver los problemas, pues generalmente su ignorancia le provoca miedo hacia la técnica, y el temor a ser clasificado entre los “tecnócratas”, le horroriza tanto que solo apuesta por el inmovilismo.

    Hablar de los mares y los peces es:

    Hablar de la sostenibilidad y tener menos del 8% de nuestros suelos forestales arbolados, sometidos a planes de ordenación para el aprovechamiento de sus recursos.

    Hablar de incendios forestales, y que mirando las estadísticas del último medio siglo, ni las distintas administraciones, ni las variadas organizaciones ecologistas, ni los profesionales, ni la sociedad civil, se manifiesten una y otra vez, pidiendo un cambio urgente de las tendencias, para corregir que, a pesar de haber crecido los costes dedicados a la defensa contra este fenómeno, no disminuya la superficie forestal arbolada arrasada por el fuego.

    Seguir hablando de la pertinaz sequía, utilizando terminologías similares a tiempos pasados, sin poner los recursos necesarios para que desde las cuencas hidrográficas excedentarias, se ceda a las deficitarias el agua necesaria para establecer un equilibrio entre ambas, como cumplimiento de los principios de solidaridad territorial que tanto se proclaman.

    Estar convencidos que somos el país de Europa que tenemos los mayores problemas de perdida de nuestros suelos por la erosión hídrica, y retirar toda inversión de los planes estatales que existían, para la corrección hidrológico forestal de los mismos, queriendo justificar que esto es un problema de las autonomías, como si los suelos erosionados dejaran de serlo al pasar de una autonomía a otra.

    Hablar de los árboles como la más perfecta fábrica de paliar el efecto invernadero, y defender el Protocolo de Kioto, cuando la mitad del suelo forestal de España es un suelo desarbolado, ocupado por distintas especies de matorrales invasores y regresivos, sin que a ninguna de las administraciones les preocupe redactar planes, y dotarles económicamente, para que los bosques ocupen las superficies que les corresponden, de las que fueron expulsados por el aprovechamiento desordenado, los cambios de uso del suelo y los repetidos incendios forestales.

    Dedicar importantes recursos para evitar que determinadas especies desaparezcan, mientras no se quiere saber nada de uno de nuestros endemismos, como es la perdiz roja, que está desapareciendo de los territorios que ocupaba, expulsada por las sueltas de especies foráneas más frugales y menos exigentes en la territorialidad, sin que las distintas autonomías muestren ningún interés en frenar esta barbaridad ecológica, y la administración central mire para otro lado.

    Olvidar que nuestros ríos trucheros, en los que la trucha común era la reina, por abandono de aplicar distintas medidas de conservación y mejora de su habitat, para proteger esta especie, se han convertido las corrientes de agua, en las que la intervención del hombre se ha preocupado más de acotar que de conservar, en ecosistemas artificiales en los que la especie principal ha perdido la partida, desapareciendo de muchos de ellos.

    Olvidar que nuestros bosques climácicos están abandonados a su suerte, carentes de toda gestión sostenible, que impida su caída en la regresión que impone la evolución de la naturaleza. Regresión que se ha producido, en los dos últimos siglos en estos tipos de bosques, cuando el hombre se ha empeñado en una total protección abandonando la gestión.

    Aceptar en nuestros Parques Nacionales una gestión contaminada con la política administrativa, en lugar de propiciar aquella que solo proviene de las reglas que marca la sostenibilidad de la naturaleza, para mantener su conservación en el tiempo.

    Todo lo anterior, bajo el punto de vista de la conservación de la naturaleza, representa un abandono de las obligaciones a cumplir, por una sociedad que dice que le preocupa la atención prioritaria a los problemas de sus ecosistemas, mientras se olvida de dotar con la suficiencia necesaria la solución de los más inmediatos y urgentes, y derrocha sus recursos en todo lo que goza de un apoyo mediático no justificado, porque en vez de hablar continuamente de como buscar soluciones a los suelos forestales sin árboles, prefiere seguir hablando “del mar y de los peces”.