LOS HIJOS DE LA CASTA

 

    Pasados casi 40 años de la muerte de Franco, habiendo vivido la transición hacia la democracia, y contribuido con todos los españoles a darnos una Constitución, ahora llegan unos cuantos jóvenes, a los que todavía les falta un quinquenio para cumplir cuarenta años, y nos dicen que todo el esfuerzo realizado, que hemos padecido para dejarles un pais equiparable políticamente, a cualquiera de las democracias existentes en el mundo, ha sido inútil.

    Es muy duro haber recorrido este camino, salvando multitud de obstáculos, que muchas veces nos hacían perder la confianza en nosotros mismos. Como pasaba cuando teníamos que sufrir el impacto de las cinco devaluaciones de nuestra peseta, dos de ellas en el año 1992, para modernizar y adaptar nuestra economía autàrquica a las leyes del libre comercio de los países democráticos. El impacto padecido en nuestras economías, como funcionarios o trabajadores por cuenta ajena, suponía un empobrecimiento del poder adquisitivo de nuestros salarios que superaba el 20%, y el esfuerzo realizado con nuestros pocos ahorros, se quedaban siempre pequeños para aumentar nuestro patrimonio familiar, mientras el interés de la hipoteca de nuestra vivienda se mantenía en el 26%. Tampoco encontrábamos explicación al ver morir por el terrorismo a servidores de los cuerpos de seguridad del Estado, encargados de proteger nuestras vidas y haciendas, o matanzas como los abogados de Atocha, que luchaban para evitar que se produjeran abusos laborales con los trabajadores.

 

    Nos costó comprender la reconversión industrial, que dejó sin trabajo a gente que conocíamos y tratábamos por motivos laborales en el día a día. Los funcionarios vimos con preocupación como se fueron eliminando los controles en la gestión de los dineros públicos, o como todos los puestos de la escala administrativa se convirtieron en puestos de libre designación, para excluir al que no compartía la ideología del partido que ostentaba el poder político, y así se hiciera la vista gorda a todas las corrupciones llevadas a cabo por el partido en el poder.

    Los que creíamos en la universalidad del saber, del conocimiento y de la economía, lo que ahora se llama globalización, aguantamos y seguimos aguantando, que parte de nuestros compatriotas nos insulten y nos quieran obligar a que nos pasemos todo el día mirándoles el ombligo, mostrando una superioridad que no se sabe quien les ha otorgado, pasando a amenazarnos con llevarse parte del territorio que nos pertenece a todos, aplicando para ello conceptos como la prescripción o el usucapion, concepto que tanto gustaba al personaje de la novela “La Colmena” , de nuestro nobel Camilo José Cela.

    Por último, la mayoría de los que somos pensionistas, estamos ayudando a nuestros hijos, parados de larga duración, en su calvario particular para encontrar empleo, y los gobiernos se sienten felices, después de machacarnos a impuestos, de que las familias sean las que paren estas situaciones revolucionarias.

 

    Todo lo anterior, y algunas cosas más que seguro que se nos olvidan, lo hemos aguantado con gusto, con tal de no perder un principio como el de la libertad, que hemos conquistado para nosotros y nuestro sucesores, y si este principio lo seguimos manteniendo, evitaremos que si alguien llama a nuestra puerta a las ocho de la mañana, como decía Churchil, no será otra persona que el lechero. Aparte que siendo una sociedad libre, los abusos de todo tipo hacia los colectivos y las personas no pueden permanecer en el tiempo.

    ¿Pero quienes son los que quieren terminar con todo lo que nos hemos dado en defensa de nuestros derechos y libertades? Derechos y libertades que son similares a los que disfrutan los países conocidos como del primer mundo, y que, como hemos dicho, tanto esfuerzo personal nos ha costado esta incorporación, sin quitar un ápice de protagonismo a los distintos gobiernos democráticos que se han sucedido por mandato del pueblo. A los que quieren romper, no reformar si es necesario, el sistema político que nos hemos dado todos los españoles, siempre se les ha llamado anti-sistemas, pero ahora, como ellos mismos se proponen, se les debe llamar anti-casta.

    Pero es curioso que los personajes más influyentes de la corriente que culpa de todo a la “Casta”, no dejan de ser hijos de la misma, y cuando se pelean a puñetazos con sus enemigos por una mesa de mezclas, les califican como de una clase inferior a la suya, como parte del “lumpen”. Algunos de ellos han tenido como padre a un ecologista radical, que nombrado a dedo, sin más mérito que su ideología, para ocupar importantes puestos de la administración medio-ambiental, como el de Secretario General del ICONA, o el no menos importante de Secretario General del Medio Ambiente (la Naturaleza lo aguanta todo), habiendo logrado con los servicios prestados en estos puestos, previa modificación de la Ley de la función pública, acumular méritos para conseguir, cuando se cesa, el nivel máximo de un funcionario público, todo ello sin necesidad de presentarse a un concurso o una oposición, consiguiendo este nivel para toda su vida. ¡Esto si que es ingresar en una casta! Con esto no quiero decir que el hijo sea responsable de lo que ha sido su padre, pero si debe ser más respetuoso al utilizar el término de “casta”, incluyendo en el mismo a su progenitor, porque ese “carrerón” solo se consigue perteneciendo a ella.

    No me parece bien, como se dice vulgarmente, que se confunda “el culo con las témporas”, y tengamos que sentirnos culpables por haber dado nuestro voto a una u otra formación política, apoyando ahora que se rompa todo el sistema para empezar de nuevo. Un sistema democrático permite hacer perder el poder, mediante el voto, a la formación política que haya defraudado a sus electores, y aquí, incluso por la voluntad popular, ha desaparecido un partido político como la UCD, sin que el país se hundiera en la miseria. Tenemos que estar alerta para que no consigan cambiarnos la “casta” por la “nomenklatura”, pues esta ya sabemos hasta donde es capaz de asolar a los pueblos por los que ha pasado. Y esto no es opinión, es historia.