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    Todo el entorno próximo de San Francisco, hasta la segunda mitad del siglo XIX, estaba cubierto de bosques de secoyas, cuya desaparición corrió pareja al crecimiento de la ciudad, pues con la conocida como “fiebre del oro”, su población, en dos años, pasó de 1.000 a 50.000 habitantes. Todos estos bosques fueron talados para la construcción de viviendas, viviendas que fueron pasto de las llamas, en el pavoroso incendio que siguió al gran terremoto de 1906.

Entrada al Parque

    Los primeros europeos que llegaron y se asentaron en esta zona, en la década de 1770, fueron los misioneros franciscanos españoles, que se dedicaron a fundar misiones en San Francisco, San Rafael y Santa Rosa, a cultivar y sembrar los terrenos aptos para la agricultura próximos a ellas, y a que sus ganados pastasen en los espacios abiertos y prados existentes, sin que se les atribuya ningún aprovechamiento de madera, que no fuera para la construcción de sus rústicas misiones, consideradas hoy día como una importante herencia arquitectónica que se preocupan de conservar.

    No obstante lo anterior, a menos de una hora de viaje en coche desde San Francisco, existe un pequeño Parque Natural, con una superficie de 225 hectáreas, “Muir Woods”, donde es posible contemplar un bosquete de secoyas rojas en todo su esplendor. Este bosquete no desapareció, porque debido a la dificultad del terreno para extraer la madera, no fue denunciado, circunstancia que aprovecho el congresista Guillermo Kent, gran amante de estos majestuosos árboles, para en 1905 comprarlo y donarlo al gobierno federal, con la condición de que este bosque fuera protegido por el Estado. Esta condición no se hizo esperar, pues en 1908, siendo Presidente Theodore Roosevelt, se declaró Monumento Nacional, y se dedicó en vida a John Muir, el mayor proteccionista de la Naturaleza que han tenido los Estados Unidos de América en todos los tiempos.

Entradas al Parque

    La proximidad de este Parque a la ciudad de San Francisco, le convierte en un aula de la Naturaleza para los colegios, donde reciben clases prácticas sobre conservación de la misma. El resto de visitantes son turistas enrolados en circuitos matutinos, por lo que nuestra visita debemos programarla a partir de las dos de la tarde, cuando los niños hayan terminado su jornada escolar, y los autobuses de turistas hayan abandonado el lugar para continuar otras visitas. Además, a partir de esta hora es cuando el sol de poniente ilumina las copas de las secoyas, resaltando, más si cabe, la grandiosidad de estos árboles. A la entrada del Parque, siguiendo los anillos de crecimiento, en una monumental rodaja de un tronco de secoya, se pueden seguir los hechos históricos acaecidos a lo largo de su milenaria vida.

    La proximidad de este Parque a la ciudad de San Francisco, pue se encuentra nada más cruzar el “Golden Gate”, le convierte en un aula de la Naturaleza para los colegios, donde reciben clases prácticas sobre conservación de la misma. El resto de visitantes son turistas enrolados en circuitos matutinos, por lo que nuestra visita debemos programarla a partir de las dos de la tarde, cuando los niños hayan terminado su jornada escolar, y los autobuses de turistas hayan abandonado el lugar para continuar otras visitas. Además, a partir de esta hora es cuando el sol de poniente ilumina las copas de las secoyas, resaltando, más si cabe, la grandiosidad de estos árboles. A la entrada del Parque, siguiendo los anillos de crecimiento, en una monumental rodaja de un tronco de secoya, se pueden seguir los hechos históricos acaecidos a lo largo de su milenaria vida.

    La estructura de la cubierta es la que corresponde a un bosque muy denso, en el que la especie dominante son las secoyas, que dada sus descomunales alturas, próximas a los 100 metros, filtran la luz a través de sus copas, y esta llega muy tamizada a nivel del suelo, dando la sensación de encontrarnos en un bosque misterioso, en el que el sotobosque está formado por árboles de altura respetable, fundamentalmente pseudosugas, así como de todos aquellos que son capaces de aguantar la tupida sombra, generada por la poca luz que dejan pasar las copas en continuado contacto de las secoyas. Esta semioscuridad origina un silencio característico de la noche, solo roto por arrendajos y mirlos, con su canto que acompaña al levantamiento de su vuelo.

    Un paseo por el único sendero guiado, al que recomiendan dedicarle una hora y media, nos lleva a los grupos de secoyas más representativas, todas ellas con un bello porte piramidal, diferente al porte más tortuoso que presentan las “giganteum”. Todo el paseo invita a la serenidad y la calma, y sobrecoge el ánimo escuchar, gran paradoja, el silencio de este bosque, que nosotros no hemos logrado sentir en ningún otro, quizás porque este sea el único donde te sientes atrapado entre árboles gigantes vivos, siendo muy acertada la frase con la que John Muir definió a este paraje:

    “Este es el mejor monumento que los amantes de los árboles pueden encontrar, posiblemente, entre todos los bosques del mundo”

    Abandonando el Parque, los sauces se escapan del sotobosque ladera abajo, dando nombre al Condado en que nos encontramos, que no podía ser otro que el de “Sausalito”.

Secoyas vegetando en espesura