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    Hace unos meses, cuando los árboles de Madrid se iban muriendo en pie, como corresponde a estos seres vivos, y sus ramas caían al suelo matando a personas que disfrutaban de su sombra, o pasaban por debajo de ellos, escribía lo siguiente:

    “… las causas que han generado este comportamiento de los árboles, todas ellas están relacionadas con que las ciudades , entre el asfalto, el cemento, la contaminación y el riego con aguas residuales, no son la estación más adecuada para que un ser vivo que está atado al terreno, como los árboles, pueda vegetar con normalidad. A pesar de ello, el hombre se empeña en someterle a estas torturas, plantándoles en un medio, totalmente hostil para ellos, a sabiendas de que van a llevar una vida más corta, en la que sus portes se van a desarrollar dentro de la deformidad, con el consiguiente riesgo, ante estas debilidades, de ser una presa fácil para el desarrollo de enfermedades producidas por los hongos, que preparan el camino para el ataque de plagas de los insectos comedores de madera, que poco a poco hacen desaparecer el esqueleto de loa árboles, que es la madera, y una vez que esto sucede acaba viniéndose abajo su estructura.”

 

    Seguimos manteniendo esta opinión y además, ahora que estamos en plena primavera, al ser la mayoría de los árboles plantados en nuestras ciudades especie exóticas (plátanos, acacias, castaños de indias…), generan una superabundancia de polen, ante la tortura que están sometidos, como respuesta natural para una fructificación abundante que asegure su teórica reproducción. Pero nadie relaciona este fenómeno de la abundancia de polen, con las sufridas alergias de los ciudadanos, que se prolongan a lo largo de esta estación, con la concatenación de las floraciones, y que en muchos casos producen prolongadas bajas laborales.

    Pero en las grandes ciudades, además de la vida de los árboles nos empeñamos en que la fauna se sienta cómoda entre el asfalto y el cemento, y hasta podemos empeñarnos en intentar proteger, fundamentalmente aves, también exóticas, que el hombre ha liberado de su cautividad, y han colonizado los territorios de nuestras especies autóctonas, sin que nadie se pregunte si esta abundante colonización, haya expulsado de estos territorios a nuestros gorriones, la especie que acompaña a los asentamientos humanos en todas las partes del mundo.

 

    Podemos estar de acuerdo en que las ciudades están habitadas por más especies de fauna de lo que creemos. Pero lo que debemos pretender es que la mayoria de estas especies no sean carroñeras, como las gaviotas reidoras, los cuervos, las urracas……, y preparemos parques abiertos hacia la naturaleza, para que nidifiquen nuestros pájaros canoros (jilgueros, ruiseñores, mirlos…), y que sus trinos se dejen oir para nuestro deleite.

    Por otro lado, el que pretenda convencernos que el conjunto de nuestras calles, aceras y tráfico, con plantaciones lineales de árboles, no es un desierto, está equivocado. Pretender que estos espacios sean un ejemplo de biodiversidad a proteger , no deja de ser una utopía. Pero todo esto lo hacen trucando estadísticas, considerando que el urbanismo de la mayoría ciudades de USA o de Europa, es igual que el de España, al que es necesario, según algunos, montar infraestructuras ecológicas. Cuando lo lógico sería no destruir primero la naturaleza para que la ocupe el hombre, sino integrarle en ella. Es curioso que este ejemplo no se halla copiado del urbanismo de EE.UU, donde la mayoría de las viviendas están integradas en la naturaleza, mientras que aquí, para paliar esta deficiencia, queremos que las terrazas de los edificios se conviertan en jardines. Vamos, que habrá que retroceder algunos milenios para copiar los jardines colgantes de Babilonia, pues según un edil de Barcelona, aunque sea una pequeña cantidad, es bueno colaborar a romper el efecto invernadero.¡Hasta donde hemos llegado!.

    Menos mal que para evitar accidentes con la caída de los árboles, al menos en Madrid, los servicios de jardinería han iniciado la tala de todos los árboles enfermos de sus calles y parques, sin que ninguna noble dama se encadene a ellos. Si queremos seguir torturando a estos seres vivos, plantándoles entre el asfalto y el cemento que impide la aireación de su sistema radical, debemos controlar el momento de la llegada de su decrepitud, para que sean talados antes de producir cualquier lamentable accidente.

 

    Estamos en lo cierto si afirmamos que el hombre es el único ser que, si sigue una dieta equilibrada, es capaz de sobrevivir entre el asfalto y el cemento de las ciudades, e incluso conseguir una mayor esperanza de vida. Pero si estos espacios los queremos compartir con el resto de los seres vivos, es necesario que el nuevo urbanismo tenga como objetivo la integración del hombre en la naturaleza, y no la destrucción de esta con bulldozers, alterando los horizontes del suelo y arrasando todo tipo de vegetación, impidiendo cualquier otra clase de vida. En estas ciudades defender que hay que proteger su biodiversidad, ¿ Que biodiversidad ? no deja de ser la búsqueda de lo que no existe, y pueda hacer buena la frase de “ lo que no puede ser no puede ser y además es imposible “.